Tengo un ojo – el derecho – más grande que el otro, el izquierdo. Tengo una pierna – la izquierda – más corta que la otra, la derecha. Lo sé, pues el ruedo del pantalón se me enreda siempre en el talón izquierdo. Tengo el lado derecho de la boca torcido hacia abajo, el lado izquierdo de la boca torcido hacia arriba: mueca diestra, sonrisa siniestra. El lado derecho del cuerpo, más friolento; el lado izquierdo, más erógeno. Hoy respiro por el lado derecho de la nariz; mañana, quizás, por el izquierdo, o ambos, o ninguno.
Uso más – me dicen los simplistas – el cerebro viejo para sentir, el cerebro nuevo para pensar. No lo creo. No me considero la marioneta de un titiritero ambidextro con pretensiones progresistas. Corto lo hilos, los enredo. Con el primero –con el viejo – calculo; con el segundo – con el nuevo – padezco.
Y es que soy yo más que otra cosa y a la vez otra cosa más que yo. Más calor que frialdad y, a la vez, más frialdad que calor. Más tortura que placer y más placer que tortura. Más ojo que boca y nariz y más boca que nariz y ojo. Más oído que todos y menos oído que todos. Más enamorado que enamoradizo y más enamoradizo que enamorado. Más exacto que práctico y más práctico que exacto. Más silencio que voz, más voz que silencio. Más vida que muerte, y más muerte que vida, y más vida que muerte.
Soy dos seres desiguales que se hacen muecas para conformar una muesca. A la vez, no soy ninguno de ellos. Lo más probable es que me encuentren, no en el término medio, sino en la fisura.
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